Pide el Card. Rivera Carrera por México, “que vaga inseguro entre tantas interrogantes”.

Noticiero Arnmultimedios
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                  Durante su homilía, el Card. Rivera Carrera dijo que toda la historia de la salvación se sustenta en la Cena Pascual, en la víspera de la Pasión, cuando Nuestro Señor Jesucristo tomó en sus manos el pan, lo partió y dijo a sus discípulos “Tomen, este es mi cuerpo”; después tomó el cáliz y lo ofreció diciendo “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos”. Externó que con estas palabras inagotables de Jesús, se nos entrega en el pan y en el vino, no sólo como una parte de él, sino totalmente, porque Jesús nos está dividido, y, a través de estos signos, se nos acerca y se une a nosotros.

Dijo que la oración con que la Iglesia, durante la Liturgia de la Misa, entrega este pan al Señor, lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo del hombre, ya que en él queda recogido el esfuerzo humano, el trabajo de quien cultiva la tierra, de quien la siembra, la cosecha y finalmente prepara el pan. “Sin embargo, —explicó—, el pan no es solo producto nuestro esfuerzo, sino que también es un don del cielo, pues el hecho de que la tierra de fruto no es mérito nuestro, ya que sólo el Creador puede dar fecundidad a nuestra tierra”.

Asimismo, dijo que como el hombre puede trabajar la tierra pero no hacerla fecunda, también puede entubar el agua, pero no crearla. En este sentido, motivo a los fieles a reflexionar sobre la importancia del agua —que es para la humanidad un don de Dios—, en este periodo de nuestra historia “en el que se habla tanto de la desertización de la tierra, y en el que se sigue denunciando el peligro de que los hombres y los animales mueran de sed; en las regiones que carecen de agua somos cada vez más conscientes de la grandeza de este don de Dios, y de que no podemos proporcionarla nosotros mismos”.

Explicó que la harina de la Hostia, hecha con grano molido, significa que ese grano ha muerto, pero también ha resucitado; “sólo a través de la muerte llega la resurrección y el fruto da nueva vida. Dijo que nuestras culturas prehispánicas, y también las culturas del Mediterráneo, en los signos anteriores a Cristo, habían intuido profundamente este misterio; basándose en la experiencia de un morir y resucitar, concibieron mitos de divinidades que resucitando dan vida nueva. “En estos mitos —señaló—, en cierto modo, el alma de los hombres se orientaba hacia Dios, hacia Nuestro Señor, que se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz y así abrió para todos nosotros la puerta de la vida”.

El Arzobispo de México pidió a Nuestro Señor voltear su mirada hacia la humanidad que sufre; hacia nuestro México que vaga inseguro entre tantas interrogantes; hacia el hambre física y espiritual, y hacia el tormento de tantos hermanos nuestros. “Da a los hombres el pan para el cuerpo y para el alma; dales ese trabajo digno; dales la luz para su camino; purifícanos y santifícanos a todos; haznos comprender que nuestra vida sólo puede madurar y alcanzar su auténtica realización mediante la participación en tu Pasión; porque todos, creyentes o no creyentes, tenemos siempre cercano el dolor, el sufrimiento y la muerte”.

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/

 

 

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