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Editorial: Misión cumplida

 

 

“Cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, dice Jesús a sus discípulos, digan: somos siervos; hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).

 

Hace 22 años llegó a la Ciudad de México el joven obispo Norberto Rivera Carrera desde Tehuacán, con tan solo 53 años, para convertirse en el Arzobispo Primado de México por nombramiento del gran Pontífice san Juan Pablo II. Lleno de entusiasmo y de muchas inquietudes, fue labrando poco a poco su misión con una gran apertura y diálogo con los medios de comunicación y mucha cercanía con los laicos, religiosas y consagrados. Consolidó un colegio episcopal con sus obispos auxiliares y demás vicarios generales. La nota distintiva fue otorgar a cada uno la confianza en el desempeño de sus responsabilidades, descentralizando las actividades y acciones pastorales en las ocho vicarías episcopales y en las distintas comisiones.

Si bien a su llegada fue acompañado por integrantes de algunas congregaciones religiosas, poco a poco fueron dejando su lugar para la participación de laicos y presbíteros diocesanos.

La prioridad, marcada desde el primer momento, fue asumir las líneas de trabajo del II Sínodo de la Arquidiócesis de México, concluido apenas dos años antes. De allí surgieron las asambleas diocesanas, que acompañaron año con año sus planes pastorales, incluyendo a los laicos, movimientos, religiosas y el presbiterio en general. Una verdadera experiencia sinodal que bien puede ser un modelo de lo que toda comunidad diocesana necesita en los nuevos tiempos de sinodalidad de la Iglesia.

La Catedral se convirtió poco a poco en el centro de su magisterio episcopal, revitalizando no sólo la vida eclesial, sino también la vida cultural y social del centro de la Ciudad de México, con la participación y creatividad de algunos eficaces colaboradores.

Su referente espiritual fue siempre la Basílica de Guadalupe, donde vivió los momentos más importantes de su ministerio, incluyendo las dos visitas del Papa Juan Pablo II de las que fue anfitrión, la primera para la entrega al continente entero del documento del Sínodo de América, y la segunda y última para la canonización de san Juan Diego. Allí vivió año con año la peregrinación anual arquidiocesana, la magna celebración del 12 de diciembre y las ordenaciones de diáconos y presbíteros.

La tónica distintiva fue el diálogo con todos los ambientes sociales, incluyendo los medios de comunicación, y su presencia activa en todos los foros posibles, eclesiales y culturales. No sólo realizó tres visitas pastorales a toda la diócesis, sino que fue muy cercano a las comunidades parroquiales, sobre todo en la primera mitad de su ministerio episcopal, dispuesto siempre al encuentro con los grupos sociales, con empresarios y políticos, y con los fieles y el presbiterio de toda la arquidiócesis.

Un tema comenzó a llenar de sombras su desempeño episcopal a partir de una calumnia incesantemente repetida, por distintos personajes, y reproducida una y otra vez en los medios de comunicación: la injusta acusación de encubrir delitos de algunos clérigos. Vinculado de manera imprecisa con uno de los casos más deplorables de la Iglesia católica contemporánea y de manera dolosa con otra situación que nunca tuvo que ver con él, ni en Tehuacán, ni mucho menos en la Arquidiócesis de México, la calumnia se ha convertido casi en un ‘modus vivendi’ de algunos periodistas y otros cuestionables personajes. Mientras tanto, la Corte de Justicia de los Ángeles, primero, de California, después y, finalmente, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, declararon improcedente el conjunto de falsas acusaciones contra el cardenal Rivera, al tiempo que sus detractores han seguido repitiendo la misma calumnia, como si se tratara de un nuevo hecho. Debemos destacar la fortaleza y la paz espiritual con que enfrentó este injusto y amargo episodio.

Fundó el Seminario Hispano de Santa María de Guadalupe, a fin de preparar sacerdotes para las diócesis de los Estados Unidos. En medio de las distintas instituciones a su cargo, fortaleció especialmente a la Universidad Pontificia de México a partir del 2003 en que tomó la responsabilidad de Gran Canciller.

Entre sus cualidades humanas podemos señalar que ha sido altamente responsable, con sencillez de trato, cercano y afable con su clero y los laicos, de buen humor y con habilidad y agudeza para buscar soluciones. Firme en sus determinaciones, dispuesto a asumir siempre los riesgos en sus decisiones de gobierno. Entre sus cualidades espirituales, es un hombre de oración y de fe, de disciplina y entrega generosa, poniendo como única preocupación la evangelización en todos sus niveles.

Cardenal de la Iglesia de Roma, obispo de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Arzobispo Primado de México, ha sabido combinar la infinidad de responsabilidades para hacerse siempre presente, con sencillez y alegría, en su tarea eclesial, en sus actividades pastorales, en los ambientes políticos, empresariales y sociales. No queda sino reconocer que ha sabido impulsar a esta gran arquidiócesis y, con la gracia de Dios, superar los desafíos inmensos que tuvo que enfrentar. Que la bendición de Dios le acompañe con nuevos y abundantes frutos en esta etapa eclesial que apenas comienza. La gratitud y la amistad de todos sus colaboradores y de infinidad de fieles le acompañarán siempre.

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/