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EL CARDENAL DON SERGIO OBESO RIVERA, PRESIDE FIESTA PATRONAL DE SAN ANDRÉS APÓSTOL

 

 

San Andrés Tuxtla, Ver.

30 de noviembre de 2018

Por Pbro. Aarón Reyes Natividad

 

PALABRAS DE BIENVENIDA AL CARDENAL DON SERGIO OBESO, POR EL PBRO. DOMINGO HIPÓLITO NOLASCO

Eminentísimo Señor Cardenal Sergio Obeso Rivera, la Iglesia que peregrina en esta diócesis de San Andrés Apóstol, nuestro señor Obispo, sacerdotes, diáconos, religiosas, seminaristas y fieles laicos, le damos la más calurosa bienvenida a nuestra ciudad episcopal de San Andrés Tuxtla, Veracruz. Su presencia entre nosotros inaugura las primicias de las ya próximas celebraciones del sexagésimo aniversario de la erección de nuestra querida Diócesis de San Andrés Apóstol.

Por tal motivo nuestro obispo Don Fidencio López Plaza, nos ha convocado como pueblo de Dios, para que seamos participes de tan grande alegría. Gracias Señor Cardenal por recordarnos con su presencia que es posible vivir el Evangelio de Cristo; gracias por recordamos que lo podernos todo en Cristo que nos fortalece; su lema episcopal Virtus in Infirmitate (fuerza en la debilidad), nos recuerda que la Gracia de Dios es la que guía nuestra vida. Nos recuerda que el reconocimiento de nuestra pequeñez y limitación, es el privilegiado estado para que la Gracia de Dios se manifieste con todo su poder porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Nos llena de alegría tener hoy entre nosotros a un hombre de Dios, pastor cercano, misionero incansable, obispo sabio, humilde y sencillo, hombre recto e integro, de exquisita conversación y privilegiado sentido del humor. Su cardenalato llenó de una gran alegría y gozo a todo el pueblo de Dios que lo reconoce como padre, pastor, maestro y amigo. Bienvenido Señor Cardenal, está usted en su casa.

 

HOMILIA:

Acabamos de escuchar en el Evangelio, la célebre parábola de los llamados a la viña a distinta hora, recibiendo el mismo salario. Antes que nada, quiero referirme a ella.

Debo confesar que la inteligencia de lo que es e implica dicha parábola, tiene su aspecto difícil de captar: ¿no queda mal parada la justicia cuando los que trabajaron más reciben lo mismo que los que llegaron a última hora? Esta pregunta se hacía un sacerdote protagonista de una famosa narración que precisamente lleva el título desafiante de "A cada uno un denario", Se trata del célebre novelista escocés Bruce Marshall. En ella, el protagonista es precisamente un sacerdote que alcanzó a comprender su hondo significado sólo al final de su vida, cuando los años lo obligaron a cesar en el ministerio sacerdotal para retirarse al descanso obligatorio: en el último viaje captó que no recibieron todos los trabajadores el mismo salario: quienes llegaron a última hora recibieron una exigua compensación; quienes llegaron a primera hora recibieron una paga con mucho superior a la que recibieron los últimos. Acabo de entender el significado que siempre me fue un problema, se dijo: los que llegaron al último recibieron menos que los que llegaron a primera hora, pues LA PAGA ESTÁ EN EL MISMO HECHO DE SERVIR AL DUEÑO DE LA VIÑA, QUE EN ESTE CASO REPRESENTA AL SEÑOR.

Pues bien, yo me siento representado entre los que llegaron a primera hora, pues debo confesarles que ingresé al Seminario en circunstancias muy especiales que omito: cuando aún no cumplía 13 años.

El secreto que nos abre la puerta a la inteligencia de la célebre parábola, estriba en entender que, sirviendo al Señor, la paga está en el mismo hecho de servirle: quien le sirve más tiempo, recibe una paga mayor a la paga del que acaba de entrar.

Como ven, no fue un libro de espiritualidad, sino una novela, quien me abrió la inteligencia a darle sentido a la vida que ha ocupado el sacerdocio que recibí a los 23 años: la paga, así lo entiendo ahora, para mí ha sido tan abundante como la suma de años en que mi ocupación exclusiva ha sido como suena: SERVIR AL SEÑOR.

Estamos celebrando, y gracias por acompañarme, el haber sido honrado por el Santo Padre Francisco con el quehacer propio de un cardenal. Esto en el ocaso de mi vida. Si algo define y caracteriza mi vida es precisamente haber sido empleada, con todas mis limitaciones en el servicio del Señor.

Al presente, el dueño de la viña ha querido distinguirme a última hora con el trabajo que puso en mis manos desde el amanecer: poner mi existencia total a su servicio. La expresión última de este llamado es lo que estamos celebrando y en el que ustedes me honran con su presencia; al estar el Señor por llamarme en el ocaso de mi vida a dar la cuenta final, me concede un privilegio que hoy pongo bajo el signo del servicio a Su voluntad: me ha llamado a ponerme a su disposición totalmente, en el servicio de Su Iglesia. Esto significa para mí el que el Señor se haya fijado en mi insignificancia, para dar la última nota de grandeza a esta espléndida sinfonía que suena en Su servicio.

En efecto, confieso que si mi vida pudiera representarse como una composición musical, si miro a los dones con que el Señor la ha ido adornando a todo su largo, resultaría una espléndida sinfonía. Y si pongo atención a mi respuesta personal, apenas si alcanza ser la expresión de alguien que con dificultad hilvana dos o tres notas que dan como resultado un corrido nacional. Culpa mía y no responsabilidad del Señor. Por esto junto con el júbilo que preside esta asamblea, y que juzgo muy justo, debo añadir un golpe de pecho porque mi vida, para ser sincero, solamente ha alcanzado ser catalogada entre los corridos nacionales.

¡Qué diferencia, si pongo atención no a los resultados obtenidos a partir de mi colaboración, sino a todos los dones en que a lo largo de esta existencia, el Señor se ha volcado para convertirla, si no en una espléndida sinfonía, sí en un aceptable corrido popular!

Todo comenzó con haber sido ordenado presbítero de Su Iglesia cuando contaba yo con 23 años. Transcurrieron 17 cuando el Señor me llamó a ser Obispo. Desde entonces hasta la fecha son 47 años los que suman la paga con que el Señor me ha recompensado.

Ahora, cuando el sol está por ocultarse, me viene continuo a la mente la manía de sumar todos estos años, para descubrir, y es lo que confieso ahora ante todos ustedes queridos amigos, que en todos he recibido una espléndida paga, para agradecer al Señor:

Señor, gracias porque durante trece años, ya lejanos, me concediste una familia en la que mis padres me amaron, a veces con exigencia, gracias porque durante doce años me Jamaste al Seminario para seguir preparándome como trabajador de la viña, gracias por 17 años que me concediste la grave responsabilidad de colaborar en la formación de los sacerdotes, gracias por los tres años privilegiados en que me desposaste con una bella novia que fue la Diócesis de Papantla, gracias por la confianza que pusiste en mis manos como formador del Seminario y, gracias Señor por estos 47 años de Obispo en que me colmaste de regalos al ponerme al servicio de tu pueblo en Xalapa. Gracias Señor, y perdóname cuando no estuve a la medida de tan bellas encomiendas.

Ahora Señor una petición que por ser la última te ruego encarecidamente me la concedas: dame el don de comprender a mis hermanos, de saber dialogar con ellos, a poder hacer realidad, como programa de vida todo lo que en estos últimos días me han dicho gente buena en palabras benevolentes: han dicho que mi trato es caballeroso, docta mi predicación, cercanía con los fieles, don de gentes, esfuerzo continuo, nada menos, por vivir los valores integrales de la cruz: su trazo vertical tendiendo hacia tus alturas, su trazo horizontal buscando entender a mis hermanos y, todo esto ponerlo en el escudo que nunca quise tener, porque hijo de emigrantes, comprendí que estaba fuera de lugar.

Todo lo anteriormente mencionado fueron las maravillas que dijeron de mí en discursos benevolentes. Dame la fuerza de tu Espíritu para convertirlas ahora en programa para los años que me restan y que tú sabes cuantos son.

Gracias Señor porque a lo largo de toda mi vida, me has recompensado con un sueldo extraordinario, no de última hora, sino muy por encima de lo merecido: VIVIR A TU SERVICIO.

  Vea la galería completa de imágenes: Fiesta Diocesana de San Andrés Apóstol 2018

 

 

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