Homilía pronunciada por el Card. Norberto Rivera en la Solemnidad de Corpus Christi

Noticiero Arnmultimedios
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La Eucaristía es el sacramento de caridad en el que Jesucristo se da a sí mismo y en el que sigue amándonos hasta el extremo. La emoción que percibimos en las palabras que san Pablo dirige a la comunidad de Corintio y que hoy hemos escuchado, al referirse al Misterio que recibió, es la que podemos pedir al Señor Jesús, que nos conceda experimentar, para que todos: sacerdotes, consagrados y laicos, en lo individual, comunitario y familiar, sintamos la alegría que brota de la ofrenda de amor que Jesús hace para nuestro bien terreno y eterno, de tal manera que esa alegría la compartamos con todos, con un renovado perene ímpetu misionero.

En la escena de la multiplicación de los panes de san Lucas, mencionada en la lectura evangélica que escuchamos, es Jesús quien envía a sus apóstoles a que den el alimento a los ahí reunidos. En cada Celebración Eucarística no se reparte un pan, sino el mismo Cuerpo de Jesucristo que se nos da como ofrenda de amor para la alegría y vida de la familia y del mundo.

Comulgar del Cuerpo eucarístico de Cristo nos hace participar de su vida divina. Cristo nos une a Él y así el alimento que recibimos nos transforma en Él, de manera paulatina y progresiva, de tal manera que inmersos en nuestras actividades diarias, en ellas se va manifestando la presencia de Dios, se transforman nuestros criterios y formas de actuar, y se impregnan del suave aroma de Cristo todos los aspectos de nuestra vida. Llamados a vivir en comunidad por la comunión del Cuerpo de Cristo, unidos a Él, se integra la propia personalidad y se establecen las relaciones de forma duradera y estable que exaltan el amor humano y lo divinizan en el matrimonio, la familia y en los demás vínculos sociales. La vida en Jesús Eucaristía es eclesial y comunitaria.

El dinamismo propio del asombro eucarístico nos compromete a ser testigos del amor divino y a manifestar nuestra fe en nuestras acciones, palabras y modo de ser, pues el ideal es dejar que Jesús se manifieste en nosotros y se comunique, a través de nosotros, a los demás.

Jesucristo no es una idea o una ética inspirada en palabras sabias. Él es verdadero Dios y verdadero hombre, hecho historia para manifestarnos su amor y cercanía. El permanece en medio de nosotros y acompaña a toda persona hasta la consumación de los tiempos. Él, en la Eucaristía nos hace el don de su misma Persona. Del encuentro con Jesús surge el compromiso misionero de compartir su Palabra y de buscarlo y encontrarlo en el prójimo, especialmente en el más necesitado.

Todos nosotros, bautizados, somos enviados a compartir las bendiciones que recibimos. Conscientes de las estructuras injustas que de diversas maneras oprimen al hombre de hoy y a los habitantes de nuestra ciudad, para nosotros, compartir la fe implica también participar en la denuncia de las estructuras injustas que impiden el respeto a la dignidad del ser humano. Algunas de estas estructuras de pecado tienen manifestaciones violentas que llenan las planas de los periódicos y de los noticiarios por las muertes que diariamente producen. Pero existen otras estructuras que en ocasiones se institucionalizan y adquieren reconocimiento legal y que generan pobreza económica, educativa, intelectual, relacional y moral, ante las cuales debemos trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor. Estas son las estructuras que imposibilitan reconocer la dignidad del ser humano, que merece respeto a lo largo de toda su vida, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Estructuras que empañan la visión de la grandeza del matrimonio, fruto de la unión entre un hombre y una mujer que además de la dimensión placentera de la sexualidad humana, en seguimiento del plan de Dios y de la misma naturaleza, contemplan como elemento propio de su desarrollo pleno, la entrega mutua, fiel e indisoluble, abierta a la procreación de nuevos seres humanos, como elementos esenciales para la constitución y consolidación de una familia.

Pidamos por todos y en particular por las familias para que encontremos en Jesús Eucaristía la fuerza para ser signo de la presencia de Dios en medio de los hombres y de nuestra ciudad. La verdadera alegría está en reconocer que en la Eucaristía Jesús se hace contemporáneo y que nosotros, en Él, somos hechos testigos de ese misterio de amor y somos enviados a compartir las enseñanzas de Jesucristo y la experiencia de su presencia, como lo prometió: "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos" (cf Mt 28, 20) .

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/

 

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