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En el Antiguo Testamento, como en todo el entorno del Medio Oriente antiguo, el quehacer sapiencial era asunto de las cortes de los reyes, así como también de la educación de los hijos por parte de los padres. Para transmitir la sabiduría existía la instrucción del padre o de la madre a su hijo. Existía la confección de dichos ingeniosos y profundos que sintetizaban en pocas palabras grandes verdades (cfr. Qo 12,9-10). Pero también existió el diálogo entre personas más o menos sabias que pretendía afrontar los serios problemas de la vida. El mejor ejemplo de diálogo sapiencial en el Antiguo Testamento es el libro de Job. 

Una forma específica del diálogo sapiencial son las preguntas retóricas, es decir, las preguntas que hace una persona a otra no para conocer algo nuevo, sino para indagar si la otra persona es sabia o por lo menos opina de la misma forma. A veces las preguntas podían ser adivinanzas mal intencionadas como la que propuso Sansón a los filisteos (cfr. Jue 14,12-18). En otras ocasiones realmente se buscaba confirmar la sabiduría del interrogado, como cuando la reina de Saba vino a hacerle preguntas al rey Salomón (1Re 10,1-3). 

En tiempos de Nuestro Señor Jesucristo no era raro el ejercicio sapiencial de interpretación de la Ley de Moisés que se practicaba entre los doctores de la Ley pertenecientes a diversas escuelas. En esos casos, como vemos que lo hace Jesús, la respuesta de un maestro a otro eran preguntas. La discusión muchas veces podía plantearse por la diversidad de criterios aplicados y los resultados en la vida práctica. Jesús, sin embargo, al recibir la respuesta con la que estaba de acuerdo indica que el diálogo ha concluido: “Has respondido bien, haz eso y vivirás”. Pero el maestro procura una derivación, según el evangelista para justificarse: “¿quién es mi prójimo?”. La respuesta de Jesús no es categórica sino que hace un relato concluyendo de nuevo con una pregunta: “¿Quién fue el prójimo de aquel hombre?” El mismo doctor de la Ley responde correctamente. El ejercicio sapiencial fue exitoso, no sabemos si el doctor quedó contento, pero el Señor Jesús aprovecha para darnos un criterio muy práctico sobre el modo concreto de amar al prójimo, a saber, compadecernos de quien nos necesite. Quien pasa de largo o da un rodeo frente a las necesidades de quienes están cerca, no reconoce a los prójimos, y por consecuencia, no los ama. En definitiva quien no ejerce la misericordia no entrará en el Reino de los Cielos. Por este motivo Jesús anima al maestro a comportarse de la misma manera que lo hizo el Samaritano de la parábola, así queda respondida la pregunta inicial: ¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?

 

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/

 

 

 

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