Cultura Bíblica: 22 de octubre de 2016

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En la parábola que propone Jesús hay una clave bastante evidente que nos permite saber por qué la oración del fariseo no lo justificó y, en cambio, la del publicano sí le ganó la justificación. La oración del fariseo contiene cinco frases cuyos verbos siempre están en primera persona singular: vv. 11 “te doy gracias…, no soy…, ni tampoco soy….”; v.12 “ayuno…, doy diezmo…” Si bien el inicio de su discurso contiene la invocación: “¡Oh Dios!”, en realidad todo está centrado en sí mismo, en todo caso se invoca a Dios para que sea el espectador de la justicia y la bondad del fariseo. 

 

En cambio, la oración del publicano contiene sólo dos frases: “ten piedad…; soy pecador”. La oración del pecador inicia igual que la del fariseo: “¡Oh Dios!” así es que este elemento no marca la diferencia. La gran diferencia radica en que el publicano de inmediato otorga el protagonismo a Dios, al pedirle que tenga misericordia. 

 

El libro de los Salmos del Antiguo Testamento es el mejor manual que los judíos tenían para aprender a orar, en este libro encontramos muchas oraciones comparables a la del publicano, por ejemplo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor. Señor, escucha mi voz…” (Sl 130,1) Desde la Antigua Alianza es una máxima sapiencial que el que se enaltece a sí mismo será humillado pero el que se humille en la presencia del Señor será enaltecido. Incluso el Señor Jesús, autor de la parábola, nos indica con las posturas corporales y el sitio que cada uno de ellos ocupa en el Templo que el fariseo se presenta ante Dios como alguien seguro de sí mismo sin ninguna necesidad frente a Dios. En cambio, el publicano de entrada se humilla y, con verdad, suplica por el perdón de sus culpas. 

 

En relación de este texto con el DOMUND es pertinente decir que el contenido de la Buena Noticia que Jesús envió a predicar a sus discípulos radica precisamente en que Dios ha venido a salvar a su pueblo. Es cierto que cada uno de nosotros está llamado a practicar el bien, pero no son nuestras acciones las que nos justifican. El perdón de los pecados y la victoria sobre la muerte la debemos a Cristo Nuestro Señor quien murió por nosotros en la Cruz. Un reto cultural de nuestra época es vencer el egocentrismo que pretende centrarlo todo en uno mismo, como le sucedió al fariseo. La actitud cierta al hacer oración es darle a Dios el protagonismo de tal manera que suceda lo que Él tenga a bien realizar.

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/apps/info/p/?a=15601&z=32

 

 

 

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