Bienvenido, san Nicolás

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Por lo pronto, ya nuestros niños tienen una imagen falseada de Santa Claus. Si les preguntamos quién es, nos contarán más o menos la siguiente historia: Santa Claus, con su gordita y coloradita esposa, vive en el Polo Norte, en donde tiene su taller para hacer los juguetes que llevará en Navidad a todos los niños del mundo. Es ayudado por unos duendecitos que acomodan los juguetes en un trineo tirado por renos y a la cabeza va Rodolfo, el reno de la nariz roja. En la Nochebuena vuela con su trineo y se mete por las chimeneas de las casas, depositando los juguetes al pie del árbol navideño. Los niños que lo esperan alcanzan a escuchar desde su lecho el “¡jo, jo, jo!” del feliz anciano que hace el bien en esa noche santa. A veces se asoman a la ventana y alcanzan a ver el trineo volador contra la claridad del cielo. Es una historia bonita, pero ¡falsa!

–Entonces… ¿no existe Santa Claus?

–¡Claro que existe, pero le han cambiado la historia!
 
El verdadero santa Claus

Comencemos con el nombre: para nosotros, en español, el nombre es san Nicolás y es uno de los santos más venerados en la Iglesia Católica. En todas las Iglesias antiguas veremos a san Nicolás como un venerable obispo, con su mitra y su báculo y, a su pies, un barril donde asoman unos niños. Esto nos recuerda uno de los milagros obrados por Dios por su intercesión.

San Nicolás nación en Patara, que actualmente pertenece a Turquía, en el Siglo IV. Hijo de una familia muy rica, heredó una fortuna al morir sus padres, y con ella hizo muchas caridades en secreto para que las gracias se las dieran a Dios y no a él. Muy joven aún se ordenó sacerdote y su tío, obispo de Mira, un pueblo cercano a Patara, lo llamó a su lado para que lo ayudara. A la muerte de su tío, Nicolás fue nombrado Obispo de Mira.

En ese tiempo los emperadores perseguían a los cristianos, y san Nicolás fue llevado a la cárcel y torturado en espera de su muerte. Quiso Dios que el emperador Constantino se convirtiera al cristianismo y diera un edicto en el que ordenaba la  libertad de los cristianos, y nuestro santo salió de la cárcel sin haber alcanzado el martirio.

Ya de regreso a Mira, una mujer de su pueblo natal acudió al santo obispo llorando porque sus hijos habían sido robados por un carnicero que los había asesinado metiéndolos en un barril de vinagre para vender su carne. San Nicolás viajó a su pueblo, le pidió a Dios que resucitara a los niños, y una vez obrado el milagro, los regresó a su madre. Por eso es patrono de los niños.

En otra ocasión, un hombre pobre estaba desesperado porque no tenía dinero para casar a su hija mayor, ya que en ese tiempo se pagaba una dote, dinero, por cada hija que se casaba. San Nicolás fue de noche, a escondidas, y dejó a la puerta del pobre la dote de la hija. La historia se repitió cuando le llegó el turno de casar a la segunda hija, pero entonces aquel hombre descubrió a san Nicolás haciendo caridad, y se lo platicó a todo el mundo.

Cuando murió, su cuerpo comenzó a despedir una especie de rocío que tenía la facultad de sanar a los enfermos.

En el Siglo XI, bajo la invasión de los musulmanes, los italianos de Bari rescataron el cuerpo del santo obispo y lo llevaron a su tierra, en donde actualmente se venera.

Los marineros holandeses llevaron su devoción a Holanda, y de allí, posteriormente, a Estados Unidos en donde se le dio una imagen más comercial, pero falsa.

En 1863 Thomas Nast, un caricaturista estadounidense, diseñó el actual traje de Santa Claus para las portadas de una revista llamada Harper’s Weekly.
 
Bienvenido, san Nicolás

Es casi imposible detener la invasión ideológica de los Estados Unidos a través de tantas películas y de tantos intereses comerciales con los que nos bombardean año con año. Pero sí es posible enderezar la historia y contar a nuestros hijos la verdadera historia de un obispo bueno que gustaba de hacer caridad sin que nadie lo viera. Su fiesta la celebramos el 6 de diciembre 

San Nicolás nos enseña el maravilloso arte de saber dar sin esperar recompensa. Así debemos dar para obtener la recompensa en el cielo donde está nuestro Padre Dios que todo lo ve. A final de cuentas es muy cierto eso de que “Dios te lo pague”. ¡Dios siempre paga!

 

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/apps/info/p/?a=15852&z=32

 

 

 

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