¿Perdonar una infidelidad por los hijos?

Familia
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Comúnmente, a la persona afectada se le olvida que es valiosa, preciosa y amada por Dios; su autoestima cae al suelo, sus sueños y metas se vuelven confusas; pierde ánimos; abandona rutinas; enferma de ansiedad; sufre de desgano, y suele tomar decisiones arrebatadas sin importarle que los hijos vivan ahora con padres separados o metidos en una disputa irreconciliable, en la que hay insultos, golpes, una relación en la que todo funciona con base en el odio y que seguramente terminará por diluirse tarde o temprano. Es por eso que, antes de tomar una decisión drástica, vale la pena considerar este punto fundamental: los hijos, el fruto de un amor que quizás sólo se encuentre en un bache.

La separación de un Matrimonio suele tener en los hijos un impacto desastroso, y cuanto más pequeños sean, mayor es la afectación. Algunas veces, considerando este punto, la madre o el padre que han sufrido las consecuencias de una infidelidad decide guardar un silencio rencoroso con el único fin de mantener la relación de pareja, pero si el problema no se trabaja, únicamente se pagarán los costos de la traición, que suelen ser muy altos. Otras veces, la persona decide acabar con el Matrimonio y hacerse cargo totalmente de los hijos. En cualquiera de los casos, éstos perciben la desarmonía y la fractura de un amor en el que antes encontraban seguridad. ¿Qué hacer entonces para evitar que un acto de infidelidad siga dañando el hogar?

Un punto esencial es el diálogo. A pesar del dolor, la rabia y el distanciamiento físico o espiritual que origina un acto de infidelidad, es importante tocar el tema, y tratar de hacerlo lo más serenamente posible; si de momento no se pueden controlar los impulsos, la pareja debe darse “tiempos fuera”; es decir, posponer la conversación e incluso retirarse físicamente, ya sea unos minutos, horas o días, hasta estar en condiciones de dialogar nuevamente. En estos casos, un buen recurso es que la pareja se comunique a través de cartas respetuosas, donde se expongan los puntos con claridad; así se evitarán las malas palabras originadas por estallidos emocionales y se asentarán compromisos despojados del orgullo y del enojo. 

Cuando las discusiones crecen, incluso la persona que ha sido infiel tenderá a justificarse, argumentando carencias en la pareja, falta de detalles, creatividad, pasión, tiempos de convivencia, diálogo, escucha, cosas que en realidad se debieron trabajar siempre en pareja y no buscar la solución en un acto de traición. La persona afectada seguramente tendrá más cosas que reclamar; y ninguno de los dos será capaz de ponerse en los zapatos del otro, de escuchar verdaderamente al cónyuge, de buscar una solución real para sacar adelante el Matrimonio, y ni siquiera de mirar a los hijos como motivo e inspiración para volver a construir un verdadero hogar.

Cuando se haya logrado establecer un buen diálogo, tanto la persona infiel como la afectada tendrán muchas cosas que trabajar, siempre de la mano de Dios, que es quien hace nuevas todas las cosas. La persona afectada por esa traición debe pedir a Dios que le ayude a perdonar, consciente de que ese perdón la beneficiará más a ella; fortalecer su autoestima sabiendo el valor que tiene ella para el Señor; centrarse en sus actividades presentes y abandonar los reclamos, viendo en ello una oportunidad para enseñar a los hijos a afrontar con altura cualquier adversidad. Por su parte, la persona infiel debe reconocer que hizo mal, y que su acción a quien más pudo dañar fue a los hijos; acercarse aún más a Dios; trabajar por recuperar la confianza, el amor y el respeto de la pareja; planear actividades en familia que ayuden a restablecer los vínculos, y centrar el motivo de todas sus acciones futuras en las personitas fruto de ese amor, de ese amor que ahora sí, estará en vías de sanar, aunque el proceso pueda resultar un poco largo.

 

 

Fuente: http://www.siame.mx/

 

 

 

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